Dos breves anotaciones

Un librito que acomodé en el bolsillo del saco para mi último viaje fue la segunda parte de «Segundo Diario Mínimo» de Umberto Eco. Se me ocurrió anotar dos cosas que no sólo me gustan, sino que además entiendo que son útiles para múltiples propósitos a saber:

  • Las ocurrencias de Eco siempre me han hecho reír
  • El arte de coleccionar y combinar palabras

Seré brevísimo en estas dos ideas

Sobre las ocurrencias

He leído casi todo lo que ha escrito el finado Eco. Desde las novelas hasta los trabajos más intrincados. No esgrimo haber entendido todo ni por casualidad. Casi siempre está repleto de ocurrencias de buen gusto. Un ejemplo al referirse a algunas profesiones como sigue:

(…) Una profesión muy solicitada es la de escritor de manuales para electrodomésticos. Como es sabido estas instrucciones deben impedir, ante todo, la instalación. 

En el intercambio epistolar con el obispo de Milán, Eco escribe:

«Confió en que no me considere irrespetuoso si me dirijo a usted llamándole por su nombre y apellidos, y sin referencia a los hábitos que viste. Entiendalo como un acto de homenaje y de prudencia. (…) Hay personas cuyo capital intelectual les viene dado por el nombre con el que firman las propias ideas.»

Tengo que algo que reconocer, que para mí no es menor, y es que en muchas ocasiones me hizo reír a carcajadas ante la  severa mirada de alguna vieja en el transporte público.  Desde luego, no pretendo aburrirlo con una larga lista de las cosas  que a mí me hacen gracia y a Ud. pueden generarle angustia oral.

El arte de coleccionar y combinar las palabras

A la hora de escribir (o hablar), no es lo mismo indicar que algo es carácter perentorio que urgente, sobre todo si usted le está realizando alguna propuesta indecente a alguna señorita, lo primero es más elegante que lo segundo. Que usted haga algo con cierto encono en lugar de enojado. Hospitalario, donosura, verbigracia y miles de palabras más que uno podría «elegir» a la hora de hablar o escribir. Es bien sabido que usted debe eliminar la «pompa» a la hora de escribir, pero también entiendo que, al ser cuidadoso en la elección de las palabras los resultados son distintos.

No me mal interprete, creo que no es la extravagancia de los términos, sino cuales se eligen. En «Tratado de música y afines», el argentino Alejandro Dolina escribe:

«El libro comienza con una serie de amenazas destinadas a disuadir a los aspirantes, señalando las innumerables dificultades y nulas alegrías que el estudio de la música depara.»

Digno de leer y re-leer para aprender de estos escritores.

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